Berlín: la meta de los tres maratones en 11 meses

El maratón Berlín 2017 puede catalogarse como la culminación de una serie de tres carreras de 42 kilómetros en 11 meses.

La travesía empezó el 23 de octubre de 2016 en Venecia y pretendía seguir 11 meses después en Berlín, donde la mayoría de los corredores buscan y consiguen sus mejores resultados por la amabilidad del recorrido.

Sin embargo, el periplo hizo una escala en Los Ángeles el 19 de marzo gracias al reto de Rolando para correr el maratón de esa ciudad. La invitación influyó en el entrenamiento y metas que se habían establecido para el 24 de septiembre del 2017 en la capital alemana.

No era la primera vez que buscaría correr esa cantidad de maratones en menos de un año. La primera vez que lo intenté fue por razones circunstanciales y sorpresivas, pues cuando en la planeación decidí correr Big sur y Chicago en el 2014, el sorteo del maratón de Nueva York me favoreció y quedé inscrito en tres maratones al mismo tiempo.

Ese año mi cuerpo dijo que no y Chicago quedó en la lista de los maratones que completaré algún día. O quizás no.

El 19 de septiembre de 2017

Es medio día, en casi tres horas debemos subir un camión para ir al aeropuerto de la Ciudad de México. Faltan resolver algunos detalles antes de salir rumbo a Europa a un viaje que se prolongará 18 días.

Estoy en la sala de mi casa y siento los primeros movimientos del terremoto del martes 19 de septiembre. La sacudida es notoria, tomo del collar a mi perra Simona, me encamino a la salida y le grito a Vero, la veo bajar las escaleras.

Cuando nos colocamos justo a media calle, de frente a la casa, vemos como se menean los carros, como si tuvieran vida propia y quisieran quedar fuera del alcance del techo de la cochera.

Pasan algunos segundos y parece que el movimiento cede. Fue solo una percepción y ahora el sismo es más violento, se siente como si en lugar del asfalto, estuviéramos parados en una enorme alfombra sobre el mar. 

Se escuchan gritos de pánico de algunos vecinos, otros más salen de sus casas.

Termina el movimiento y de inmediato intento descubrir algún posible daño en mi casa y en la de los vecinos. No hay daño aparente. Corro por mi celular para enviar mensajes por whatsapp e intentar saber si la familia está bien. Vero recibe un mensaje de un padre de familia para reportar que en la escuela todo está bien. El susto aparte.   

Manejo a la Ciudad e México para descubrir que nuestro vuelo está cancelado pero hay opciones para salir ese mismo día.

En el camino a la Ciudad de México cuestiono a Vero en qué momento debemos considerar cancelar el viaje al extranjero. Aún no, debemos seguir, yo mismo respondo.

Ese martes 19 de septiembre decidimos viajar y después de cambios en el itinerario, llegamos a Berlín, tres horas más tarde de lo planeado.

El entrenamiento para Berlín

La preparación para el maratón de Berlín, el noveno para mí y octavo para Vero, fue más complicada que para otras carreras: los kilómetros acumulados en las piernas y en cansancio mental fueron dos obstáculos decisivos.

El 2017 empezó para mí con malestar en la fascia del pie derecho al grado de tener que infiltrarlo para reducir el dolor. La inyección y terapia por más de un mes me permitieron retomar el entrenamiento para el maratón de Los Ángeles.

Después de la carrera de marzo en California, el dolor en la fascia regresó y empecé con trabajo de fuerza funcional. Después de cinco semanas el cuerpo reaccionó, logré reducir porcentaje de grasa y aumentar el porcentaje de masa corporal. Algo que en su momento festejamos Julia, la nutrióloga, César, el entrenador y yo. Vero también.

Un mes antes de Berlín y después de un fin de semana de cerca de 35 kilómetros, me tocó correr en pista 14 repeticiones de 400 metros. Todo iba según lo estimado con ritmos aceptables y sin dolores, hasta la vuelta once.

Justo cuando faltaban tres vueltas para terminar el entrenamiento del día, sentí dolor entre el tobillo y el tendón. No le di mucha importancia porque no sentí que algo se hubiera roto ni tampoco había señales de desgarre. Seguí con el entreno, terminé y cuando me disponía a trotar para empezar a enfriar, ya no pude seguir.

Desde ese día hasta la semana previa al maratón, el entrenamiento se centró en natación, trote en alberca y trabajo de fuerza funcional. Empecé a trotar nuevamente siete días antes del que sería mi segundo maratón de los denominados Majors.

Capital mundial

Berlín me impactó. Una capital mundial que carga con una serie de acontecimientos de dolor, sufrimiento y represión. Sus calles y monumentos recuerdan hasta a los turistas más despistados los episodios oscuros de su historia reciente.

Llegar a una ciudad como esta no implicó buscar, como en otras ocasiones, historias de corredores locales para involucrarme en las rutinas locales, llegar a Berlín significó regresar a los libros de historia. Este detalle convirtió el viaje en uno de los más ricos, culturalmente hablando.

Estuvimos en Berlín cuatro días antes de la carrera y teníamos al enigmático parque Tiergarten a un par de cuadras del hotel para hacer trotes de media hora cada mañana. 

Ese mismo Tiergarten que en épocas hitlerianas servía para que diplomáticos y políticos pasearan mientras sostenían conversaciones de estado para evitar a los espías y en el que hoy se puede observar a la legión africana entrenar, previo al maratón más rápido del mundo.

En estos trotes el objetivo era probar el tendón de Aquiles y sentir si había dolor. La molestia era ligera.

El maratón

La cita para el calentamiento fue justo en la entrada de la embajada de Estados Unidos, frente al monumento a los Judíos asesinados en Europa. Miriam, Mario, Vero y yo calentamos en ese lugar y nos encaminamos a los corrales sobre las 9:10 de la mañana.

Para tomar la salida del maratón se debe ubicar la Puerta de Brandenburgo, del lado derecho está la avenida Unter den Linden, una de las principales de la ciudad y del lado izquierdo al final, se observa la Columna de la Victoria, un monumento muy parecido al Ángel de la Independencia de la Ciudad de México.

Los casi 60 mil corredores separados por distintos bloques de salida y pantallas gigantes que mostraban videos con mensajes de bienvenida y apoyo a los atletas en distintos idiomas, hicieron que los minutos previos al arranque se fueran rápido.

La lluvia iba a llegar, era inminente, la duda era qué tan pronto en la carrera aparecería. Salimos puntuales Vero y yo. Los otros integrantes del equipo Simoni, Mario, Miriam, Clarita, Abraham y Jazmín iniciaron desde otros corrales. 

Mi meta para este maratón cambió varias veces. Lo que inició con intentar el mejor maratón de los que he corrido, terminó un día antes con el deseo de poder completar la ruta y recoger mi medalla. Para colmo, tuve un problema estomacal el día previo.

Pasamos la marca del kilómetro 5 y empezó a llover, una llovizna que me pareció refrescante y que no significó mayor problema para mí. Sin embargo, había llovido más fuerte en otras partes del recorrido y en algunas calles había charcos que incomodaron el paso de los corredores.

Mientras que en el primer maratón de esta trilogía (Venecia) corría en espera de llegar al kilómetro 30 para cerrar más fuerte y que en Los Ángeles, me sentía a cada kilómetro más fuerte y rápido en Berlín nunca pude experimentar esa fortaleza.

De cualquier forma, mantuve un paso constante: pasé los primeros 10k en 57 minutos, igual que los segundos. 

Después del kilómetro 20 dejé atrás a Vero, sin embargo, no corrí más rápido, pues del kilómetro 20 al 30 volví a marcar 57 minutos. Mantuve el ritmo los primeros 30 kilómetros del maratón y faltaban lo mejor o lo peor.

Me quedó claro porqué que el maratón de Berlín es el más rápido de los Majors. Hay momentos en este trayecto que cuando piensas que tus piernas no darán más, aparecen largas avenidas con ligera pendiente hacia abajo que te hacen correr hasta más rápido. Eso a la mente le cae muy bien.

Sentí cansancio y el cuarto parcial de 10 kilómetros marqué una hora exacta. Faltaban menos de dos kilómetros y estaba frente a la catedral francesa y el Korzenthaus de Berlín, un lugar difícil de olvidar. 

Complicado de olvidar por la belleza de este sitio y porque justo en ese momento veo de reojo que Vero estaba a mi lado. No me había visto, estaba más preocupada de que no se le cayera el número que ya se le había despegado de la playera. Me vio hasta que le pegué un grito. Nos sorprendimos por el encuentro casual y nos animamos a seguir fuerte hasta cruzar la meta.

Sería el primer maratón en el que cruzaríamos la meta juntos. Pasamos debajo de la Puerta de Brandenburgo atentos a encontrar a Roberto y Marilupe, nuestros compañeros viajeros.

Para ese entonces ya estábamos en el kilómetro 42 y la inercia, además de la emoción, nos llevarían a la meta.

Vimos a Roberto y Marilupe, nos tomaron fotos, videos y ahí empezó el festejo. Cruzamos la meta Vero y yo en 4 horas 12 minutos y 20 segundos. Ni más ni menos.

Los tres maratones en 11 meses se lograron y a un nivel aceptable: a nuestro nivel, a paso seguro. Los Ángeles, el segundo, fue el más rápido para los dos.

Hoy estamos de regreso en México, en Puebla. El país y la ciudad que dejamos en medio del caos y confusión y que hoy debemos hacer que sea un mejor lugar de lo que era antes del 19 de septiembre.

Los Ángeles, el maratón más beisbolero de todos

I

Todo apuntaba a que el final del maratón de Venecia, cinco meses atrás, se repetiría y no habría energía que me alcanzara para acelerar los últimos kilómetros del recorrido de Los Ángeles. El final fue otro.

Aún está en la memoria el recorrido en tierras italianas en las que sentí que volaba y donde sólo esperaba la marca de los 30 kilómetros para empezar a correr más rápido y registrar un tiempo de esos que nunca se olvidan. Nada más lejos de la realidad, me quedé sin gas y tuve que parar varias veces antes de cruzar la meta.

Y aún lo recuerdo con claridad, quizá más por lo pronto que me inscribí a otro maratón que por la sensación de pasar por los kilómetro 20, 25, 30 y pensar que 42.195 kilómetros serían pocos en comparación a lo fuerte que me sentía.

Todo comenzó en Dodger Stadium, uno de los tres estadios del beisbol de Grandes Ligas más longevos y bellos de este deporte. Esta es una de las dos razones por las que en algún momento tenía que correr aquí.

La antesala de este maratón la vivimos en las gradas del estadio que lucía ya los logos del Clásico Mundial de beisbol que comenzaría al día siguiente con la Semifinal entre las novenas de Holanda y Puerto Rico. Como siempre, Vero a mi lado y esta vez, la veía más fuerte que nunca.

Mi amigo Rolando fue la novedad esa mañana y el responsable de que estuviéramos a minutos de iniciar nuestro segundo maratón en menos de seis meses. Él fue la segunda razón para participar en la carrera.

Rolando se atrevió a inscribirse en diciembre a lo que sería su primera carrera de este tipo e invitarnos para que lo acompañáramos. Su osadía para cubrir el kilometraje de esta competencia fue un ingrediente adicional que sirvió, al mismo tiempo, como motivación y estrés.

Nos conocimos cuando teníamos 11 años y el beisbol fue el punto de encuentro. Representamos al equipo del Colegio Larrea primero y luego al de la Liga Lomalinda en Hermosillo, Sonora.

Defendimos también en varias ocasiones la casaca del estado en torneos nacionales en diferentes partes del País; él fue seleccionado nacional varias veces y lo más cerca que logré acompañarlo en esos niveles fue cuando nos convocaron a los entrenamientos de la Preselección Nacional de beisbol en la Ciudad de México, en los 90.

Estudiamos la high school en Arizona, donde llegamos para estudiar y jugar beisbol. Ambos, con el sueño de jugar algún día en la pelota profesional estadounidense.

Rolando decidió correr un maratón y empezar a entrenar cuatro meses antes del disparo de salida. Esos escasos meses para preparar un maratón por primera vez puede convertir una iniciativa de disciplina y trabajo en una locura. El final fue otro.

II

Nada mejor que llegar por lo menos una hora antes al evento para tener tiempo de calentar, ir al baño, dejar tus cosas en el guardarropa y entrar sin presiones al corral que te corresponde. Estar con el tiempo encima no trae nada bueno y lo sabemos.

Así lo hicimos e ingresamos al corral C Vero y yo, media hora antes a la salida. Antes, Rolando vivió la primera experiencia propia de corredores cuando debió entrar al baño portátil que usualmente se utilizan en estas carreras. Le costó trabajo animarse al no estar acostumbrado, pero lo hizo antes de dirigirse a otra sección de salida.

La altimetría en Los Ángeles puede resultar engañosa y parecer amable por las bajadas que tiene; la primera de ellas es al salir del estadio. Sin embargo, cuenta con cinco o seis  pendientes que literalmente hay que escalar e implican un esfuerzo adicional.

Con rampas favorables o no, había que correr 42 kilómetros de cualquier forma.

Los objetivos para Vero y para mí, establecidos para esta carrera primaveral y platicados con el coach César Simoni, eran “disfrutar la carrera”, es decir, correr a un ritmo más amable que en el maratón de Venecia.

El esfuerzo importante del 2017 será, también establecido con César, en septiembre próximo, quizá en condiciones más favorables.

III

Salir del estadio es literalmente un golpe de adrenalina que se une con una inclinación hacia abajo que obliga a los corredores a acelerar el paso y algunos hasta trabajo les cuestó controlar la velocidad. Traté de controlarme y no salir de lo planeado.

Para este maratón hice un ajuste en el reloj y decidí llevar el ritmo promedio de la carrera y no el ritmo actual, lo que puede resultar inexacto si en un momento se corre más rápido o lento. De cualquier forma esa fue la decisión.

Corrí con Vero hasta cerca del kilómetro 5 a buen ritmo hasta que ella prefirió bajar la intensidad. Seguí con promedio de 5:35 minutos por kilómetro, algo muy parecido a los 5:40 que estaban en el plan.

Pasé los primeros 10k en 56 minutos, un paso rápido; el segundo 10k traté de seguir igual y lo crucé en 55:28, clara señal de que debía bajar el ritmo, pero ¿para qué?, pensé, si voy bien. Del kilómetro 20 al 30 registré 56:13 minutos, nada mal aunque lo complicado estaba por venir.

El maratón de Los Ángeles está planeado para llevar a los corredores a lugares emblemáticos, como el famoso bulevar Sunset, encontrarte de frente a lo alto con la Montaña Lee, donde se encuentra el gran letrero de “Hollywood”; China Town, el Paseo de la fama en Hollywood, Rodeo Drive, entre otros, para finalmente llegar a la playa de Santa Mónica.

El teatro Dolby, sede de la entrega de los Oscar, fue un punto que recuerdo porque justo ahí debíamos dar vuelta a la izquierda y empezar una bajada que nos llevaría muy cerca de la marca del medio maratón.En total participaron poco más de 24 mil corredores para convertirse en la cuarta carrera más grande de este tipo en los Estados Unidos.

La sensación de fortaleza que se vive en un maratón es un arma peligrosa que será tu gran enemigo si no sabes lidiar con ella. O te lleva directamente a la meta o bien, a la cita precisa y dramática con el famoso muro que todos quieren evadir. Eso sí, a cualquiera de las dos llegarás muy rápido.

El agotamiento se presentó cerca de las 3 horas y media de carrera, por ahí del kilómetro 37. Sentía calor, sed y que los pies se me iban a salir de los tenis. Por primera vez en siete maratones experimenté la sensación de que corría con zapatos que no eran míos, que eran por lo menos un número más chico de lo que necesitaba.

Hice una pausa, me comí la última bolsita de miel que me quedaba y me lancé a correr otra vez. La miel, el agua que me eché en la cabeza o todo el entrenamiento que traía por meses me hicieron recuperar el paso y empezar a correr como lo hice cuando iba por las calles de Hollywood.

IV

Con 30 ó 40 minutos por delante aproveché cada distracción y palabra de aliento que los locales me daban. Mi playera con dos enormes letreros de México, uno en la espalda y otro en la parte frontal, sacaron gritos de los asistentes en señal de apoyo.

Cuando más mal me sentí pensaba en cómo le estaría yendo a Rolando. Sabía que terminaría el maratón, quizá en los límites de tiempo establecidos por los organizadores, pero confiaba en que él cruzaría la meta. Aunque por las condiciones del clima y de la carrera, también imaginé que la estaría pasando mal.

De Vero no me preocupé. Tiene una capacidad para hacer bien lo que se propone, además de una resistencia física impresionante. Intenté correr más rápido para que no me rebasara. Llegó a la meta cinco minutos después que yo para registrar su mejor marca, la cual había registrado en Venecia.

La recta final en Santa Mónica parecía interminable. La meta se veía confusa a más de 600 metros. Decidí bajar la cabeza y seguir corriendo. Ya llegarían el arco y los sensores que indican el final de la carrera.

Terminé en 4 horas con 4 minutos. Mi tercer mejor marca y tres minutos menos que en Venecia.

No fue el mejor tiempo, pero fue la llegada a una meta de maratón más emotiva que recuerde. Vencí al cansancio, a mi cuerpo y a mi mente. Esa mente que en las tres millas finales me hizo pensar que sería el último maratón que correría, que habría otros claro, pero en los que sólo acompañaría a Vero. Ya no más, sentencié.

Crucé la meta, fui a tomar agua, a comer algo de lo que ofrecían los voluntarios, a tomarme fotos en cada estación que encontraba. Grité, festejé, volví a gritar. César debe estar satisfecho.

Regresé como siempre a la línea e salida y Vero ya venía con su medalla. Nos abrazamos. 

V

Era tiempo de recuperarnos, ir al guardarropa y prender el celular. Debíamos investigar cómo y dónde iba Rolando. La aplicación de maratón funcionó muy bien y descubrimos que venía con paso constante, seguro y cerca de la meta.

Pese a las dudas que existían previo a la carrera, Rolando se convirtió en maratonista y en uno de los 18 mil 893 corredores que cruzaron la meta ese día. A su llegada lo vi bien. Incluso lo noté relajado y sin cansancio evidente.

Hay pocas cosas tan placenteras como cenar un pedazo de carne combinado con un buen vino tras correr un maratón. Sin embargo este maratón se empezó a festejar desde nuestra llegada con convivios y atenciones de Rolando y los suyos.

Fue un fin de semana de cenas de parejas, con hijos, de juegos de beisbol infantil, colegial, que rematamos en las gradas de Dodger Stadium para ver el mundial de beisbol.

Lo que empezó con una aparente ocurrencia de Rolando se convirtió en un fin de semana familiar, de recuerdos y de planes que terminarán donde nosotros decidamos, lo mismo puede ser en las calles de alguna otra ciudad para correr un maratón o bien, en un campo de beisbol.

La importancia de correr a paso seguro

Insisto, siempre trato de evitar invitar a gente a correr un maratón. Si en las reuniones o conversaciones con amigos sale el tema de las carreras y los viajes, les cuento mi experiencia en este deporte siempre con énfasis en la parte complicada de todo esto: la disciplina diaria para lograr terminar un maratón.

Si después de casi cinco años en los que he cruzado la meta de siete maratones, surge alguien que vea este deporte como una actividad que debe incorporar en sus vidas, me daré por satisfecho. La actividad física es necesaria para conservar la salud y, en muchos casos, para no caer en sobrepeso.

Rolando (43) en el último año de High School en Tucson, Arizona. El primero de la fila de abajo soy yo.
Rolando (43) en el último año de High School en Tucson, Arizona. El primero de la fila de abajo soy yo.

Como lo describí en el texto “Y después de 19 años los amigos seguían ahí“, tengo un grupo en Whatssap que lo integran ex compañeros beisbolistas sonorenses en el que uno de los temas cotidianos es recordanos unos a otros la cantidad de kilos que hemos acumulado en nuestros cuerpos. Claro, unos más que otros.

El año pasado Rolando empezó un reto deportivo en el que pretendía hacer ejercicio por lo menos 250 días del año. Sin titubeos, Machalco tomó la idea como suya, regresó al gimnasio como en sus mejores años de pelotero y terminó el 2016 con una cifra muy por arriba a lo sugerido y con más de 10 kilos perdidos. Rolando se olvidó de su propuesta en pocas semanas.

Este año la actividad no fue tan ambiciosa pero seguro pesará a la hora de comer, tomar cerveza o practicar algún deporte. Maytorena pidió el 31 de diciembre que cada uno de los integrantes del grupo mandara una foto sobre la báscula y, el siguiente año, el mismo día, subiríamos la misma foto para ver quién mantuvo su peso, quién lo subió, o en el mejor de los casos, ver si alguien se preocupó por mejorar su condición física y perdió algo del sobrepeso que carga.

¿Una ocurrencia?

Rolando ha dedicado su vida a los medios de comunicación: ha sido locutor en radio, reportero en televisión, tiene una carrera universitaria en Periodismo y en los últimos años ha trabajado de manera independiente en su propio negocio como productor televisivo.

Tiene cuatro hijos, entre ellos una universitaria que estudia en una de las mejores instituciones de Estados Unidos, en California. A Rolando le gusta su trabajo y sin duda hay gente que lo podría calificar como workaholic: un viernes está en Tijuana en una producción de futbol, al día siguiente se mueve a otra ciudad en México para transmitir Box y regresa en unas cuantas horas a California para producir algún otro deporte. Todo ello en menos de 40 horas. Incluso esta semana lanzó su video columna sobre política estadounidense.

A Rolando también le gusta hablar y mucho. A veces, y sin razón aparente, puede pedir que lo inviten a jugar un partido de beisbol en su natal Hermosillo sin ni siquiera saber si podrá trasladarse a otra ciudad para llegar al partido o en el peor de los casos, se inscribe a un maratón. Sí, a esas carreras de 42.195 kilómetros.

Hace algunos meses Rolando dijo que le gustaría cubrir la distancia del maratón. Le comenté que se preparara y que si se decidía, lo corríamos. También le advertí que correr duele, que correr por más de cinco horas seguidas no es para todos, que esa distancia exige disciplina en los entrenamientos y varios cientos de kilómetros recorridos antes de llegar al corral de salida.

El 18 de diciembre Rolando mandó al grupo su inscripción al maratón de Los Ángeles, a correrse el 19 de marzo de 2017. Ese mismo día me registré y en menos de 70 días haremos esa ruta que arranca en Dodgers Stadium y termina en las playas de Santa Mónica, un recorrido que se antoja.

El grupo de Whastapp hoy se llama “Los Runners”. El satírico nombre recae en la incredulidad de sus integrantes a que Rolando cruce la meta y se cuelgue la medalla de maratonista.

No tengo la menor duda de que Rolando cruzará la meta, sin embargo, ese no es el tema que me inquieta. El maratón debe tomarse en serio y quien quiera hacerlo debe prepararse a conciencia para correrlo. Las semanas de entrenamiento deben cumplirse una a una, así como las carreras largas y siempre bajo la mirada de un entrenador. Rolando tendrá que responder estos puntos.

Correrá lento, muy lento. Sabe que no hay razón para precipitarse y que tiene seis horas y media para cubrir la ruta. Lo que quizá no sepa es que su objetivo de ese día se cumplirá hasta que lleguemos a un restaurante, comamos un trozo de carne acompañado de una buena botella de vino. Eso solo se logra si corremos a paso seguro.

Venecia, la ciudad de las noticias

Noticia número uno: Venecia no se conoce corriendo, menos la distancia de un maratón.

El sueño romántico de visitar una ciudad a trote se desvanece cuando decides inscribirte al maratón de Venecia. Esa ciudad italiana que en lugar de amplios bulevares tiene un Gran Canal y que la mayoría de los turistas quiere transitar a bordo de una góndola a cambio de 80 euros.

Sin ser una competencia de nivel Major (aunque esta carrera tiene Etiqueta Plata dentro de la clasificación de la Federación Internacional de Atletismo) la logística para llegar a la línea de salida suele ser igual de compleja como si el atleta tuviera que llegar a Staten Island para tomar la salida del maratón de Nueva York.

El domingo de maratón inició casi cuatro horas antes del escopetazo para caminar por las calles de la ciudad, cruzar la desierta Plaza San Marcos y entrar a la estación de vaporetto. Ya en el transporte acuático debes hacer un recorrido de media para hora para después tomar el autobús que te deja, tras otros 30 minutos de camino, en la línea de salida.

Noticia número dos: en Venecia no se puede correr 42 kilómetros. Stra es una comunidad a poco más de 35 kilómetros de Venecia, en la región de Veneto, donde se localiza el edificio-museo Villa Pisani, el cual completa una bella postal con los arcos multicolores que marcan los corrales para los atletas.

La primera meta de ese día era dejar atrás la experiencia del 2015 en Buenos Aires, donde la falta de transporte público nos hizo llegar a la salida con tres kilómetros de trote en las piernas y cuando todo había comenzado. Lo logramos.

Correr un maratón en Europa es cosa seria. Por un lado está el deseo de aprovechar a tope cada hora y conocer cada rincón de la ciudad y, por el otro, la responsabilidad de administrar cada paso, cada bocado y hasta cada sorbo de vino que tomas y que puede comprometer tu rendimiento el día de la carrera.

Llegar tres días antes del maratón implicó un trayecto turístico que debíamos hacer además de visitar Venecia: conocer Murano y Burano. También lo logramos, aunque los corredores más estrictos y conservadores seguramente cuestionarán nuestras cenas y caminatas durante las horas previas a correr 42 kilómetros.

Noticia número tres: correr a un ritmo más rápido durante el maratón no te garantiza terminar con mejor tiempo. No es ninguna contradicción, si corres a un paso más veloz del que debes, el gas se acabará tarde o temprano y sufrirás para terminar.

La segunda meta de ese día era, por lo menos, repetir nuestro mejor tiempo. En mi caso correr entre 3:58 y 4:04 horas. Para Vero el objetivo rondaba entre 4 horas y 11 minutos.

Correr con una cámara de video en la mano se había hecho costumbre desde los dos últimos maratones, Big Sur y Nueva York. Este año el coach mandó guardar cámaras y celulares. No se equivocó.

El maratón de Venecia tiene un trayecto plano y visualmente atractivo. En mis mejores marcas en esta distancia siempre he pasado los parciales de 10 kilómetros entre 58 y 57 minutos en promedio. Esta vez me sentí fuerte desde que empezó la carrera, sabía cuál era el ritmo que debía seguir, pero también sentí que debía arriesgar y correr más rápido. Fuerte apuesta.

Recuerdo que mientras corría el maratón de Buenos Aires pensaba que de ser necesario, podría ir más allá de los 50 kilómetros. En cambio, en Venecia me urgía correr rápido y llegar lo antes posible al kilómetro 30 para después cerrar. No sé porqué, pero eso pensaba.

El primer 10k lo crucé en menos de 56 minutos, el segundo fue más rápido todavía y el crono marcó 55:39, del kilómetro 20 al 30 me emocioné. En el parque San Giuliano, en Mestre, estaba el kilómetro 30 y la recta final para enfilar a Venecia. Ese tramo de 10 kilómetros fue el más rápido de los cuatro con 55:47 minutos. En ese momento me sentía fuerte y había disfrutado lo que llevaba de carrera. El maratón apenas iniciaba.

Un gran puente une a Mestre con Venecia en una distancia entre seis y ocho kilómetros. Entras a Venecia cuando estás en el kilómetro 38 y es hasta el 39 cuando empiezas a ver los canales, la torre de la Plaza San Marcos y a los locales y turistas sentados con café en mano en las terrazas de los restaurantes.

En este tramo inician las 13 rampas que se colocan para esta carrera y que reclaman el último aliento de los corredores. Llegué el kilómetro 40 y el reloj mostraba 3:45 horas. Llevaba mi mejor tiempo parcial hasta ese momento a poco más de dos kilómetros para cruzar la meta. Pero el gas se acabó.

La barrera de las cuatro horas se esfumó pero me alcanzó para conseguir mi tercer mejor maratón de los siete que llevo, con 4:07 horas. Vero cruzó la meta cuatro minutos después con marca personal.

Con el maratón aprendes a planear y te da oportunidades de hacer ajustes y mejores carreras. El problema es que esos ajustes los podrás aplicar para tu siguiente maratón. Los 42.195 kilómetros no permiten al corredor rectificar si cometes un error. El objetivo para el siguiente maratón será correr a ritmo de 55 minutos por cada 10 kilómetros. Toda la ruta.

Hay ciudades en las que si te subes al turibús puedes conocer lo mejor de ellas. Hay otras, como Venecia, en las que debes caminar, trotar, subirte al vaporetto o a una góndola y además inscribirte a su maratón para acercarte a su cultura, a su gente y llegar a sus mejores callejones. Esa es la noticia número cuatro.