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Vero

Siempre corro con ella. Por cada medalla que he recibido tras cruzar una meta, ya sea en una prueba de 10k, un medio maratón o un maratón, ella tiene la suya.

Me lleva ventaja. Mientras yo jugaba beisbol y competía en pruebas de velocidad hace varios años, ella entrenaba para pruebas de fondo y medio fondo. Tiene un paso más rápido al mío, no obstante, siempre podemos emparejarnos en algún punto del camino.

Así sucedió todo el año pasado. La decisión de correr un maratón fue compartida y ella optó por seguir mis entrenamientos personalizados, casi todos los hizo a mi ritmo y los resultados se vieron rápido: a cuatro meses de haber empezado con la rutina tuve que acelerar al máximo para poder recuperar los más de 700 metros que me sacó durante los últimos kilómetros de un 10k.

Si bien la competencia con ella está descartada, no me interesa seguir corriendo mientras ella ya cruzó la meta y tiene su presea en el cuello. Sin embargo, debo reconocer que en algunas carreras o varias, ella gozó de mayor fuerza y velocidad que yo. Otras veces, gracias a que su estómago la traicionó y debió hacer algunas paradas, la ventaja no fue tan grande. El maratón de Las Vegas fue un ejemplo.

Una de las ventajas de haber llevado un entrenamiento sistematizado fue que llegó un momento en el que mi cuerpo alcanzó el objetivo trazado cuando inicié en este deporte: correr una distancia arriba de 20 kilómetros con la posibilidad de sacar mi cámara fotográfica y captar algunas imágenes, darme el lujo de apretar el paso en los últimos kilómetros y ser capaz de compartir una buena comida o cena ese mismo día con ella.

Llegar con el mismo tiempo que ella a la meta en este 26k, no fue fácil (Ella 1960, yo 1961).
Llegar con el mismo tiempo que ella a la meta en este 26k, no fue fácil. Ella (izq.) yo (der.)

Tal fue el caso del tercer medio maratón que corrimos en el 2012. Luego de recorrer casi 17 kilómetros juntos, pude acelerar hasta la meta para conseguir mi mejor marca. Ella llegó dos minutos después, también para marcar su mejor tiempo en la distancia.

Lo que más me gusta de ella es que no deja de sonreír cuando corre. Con el paso de las carreras aprendió a ubicar a los fotógrafos y a posar con su mejor sonrisa cada vez que pasa frente a ellos. Hay varias pruebas de ello, la más clara fue en un 26k en la Ciudad de México, donde mientras yo batallaba para alcanzarla, ella no dejaba de sonreír a la cámara. Al final de esa prueba y con un sprint final, llegué a la meta a su lado.

Incluir entrenamientos con metas específicas −como correr un maratón− en la rutina de cualquier persona es un reto y si además, ella se incluye en esa dinámica sin descuidar el trabajo, además de sus tareas en casa, cada kilómetro que cruza a trote se convierte en una huella de dedicación, perseverancia y en un gran ejemplo para sus hijos.

El correr seis días a la semana es una forma de vida que disfruto cada día más, pero el poder cumplir con esas sesiones de entrenamiento con Vero, es sencillamente un privilegio.