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Estamos locos

Quien corre por vez primera un maratón podrá tener varias justificaciones para explicar la razón para hacer algo tan extremo, pero quien después de esa experiencia opta por correr los 42.195 kilómetros una vez más, puede considerarse un verdadero loco. En la segunda categoría me encuentro yo.

El avón
El traslado a la ciudad sede.

Una persona que un buen día decide iniciar el entrenamiento para correr 42 kilómetros puede argumentar que es algo que debe hacer por lo menos una vez en su vida, que después de correr varias pruebas domingueras de 10, 15 ó 21 kilómetros, el maratón es la siguiente meta o simplemente, como en mi caso, recorrer las calles de una ciudad a trote, bien lo vale.

A favor de las personas que se lanzan por primera vez 42 kilómetros puedo decir que lo hacen porque no saben de lo que se trata. En cambio, a las personas que después de vivir esa experiencia inician el recorrido de por lo menos 12 semanas de entrenamiento, simple y sencillamente no lo alcanzo a entender.

A casi una hora de aterrizar en la ciudad donde correré mi segundo maratón, hago un repaso por los últimos cinco meses de entrenamiento para llegar lo mejor preparado posible a este domingo y hay vivencias enriquecedoras que vienen con el hecho de elegir correr largas distancias de manera disciplinada, no obstante, también hay situaciones menos placenteras.

Uno de los mejores momentos de esta fase de entrenamiento para el maratón de San Diego fue el medio maratón de Zacatecas en abril. A esa prueba llegué en un buen momento físico y lo mejor de ese viaje fue dejar la ciudad con cuatro medallas de participación en lugar de los dos metales con los que usualmente lo hacemos. Ratificamos que hay dos deportistas más en la familia.

Estas semanas han sido la consolidación de casi dos años de buena salud, de mantener mi peso alejado de los 99.5 kilos con los que empecé la travesía de ser corredor.

Organizar nuevamente un viaje para llegar a una ciudad nueva obliga invariablemente a buscar alternativas, ver opciones para llegar al destino y establecer contacto con distintas personas para sacarle provecho a la visita. Disciplina vuelve a ser la palabra.

Amanecer.
Así amaneció San Diego 24 horas antes del arranque del maratón.

Pero cómo olvidar los momentos en los que el cuerpo parece desconectarse de la menta y decide que no va más. Que el dolor en las piernas pasa de ser algo que te recuerda que estás entrenando todos los días a un indicativo de que mejor modifiques la rutina si quieres evitar una lesión.

Me pasó en el Río Atoyac justo al iniciar un entrenamiento de velocidad. A los cinco minutos de haber arrancado con un trote suave de calentamiento, recuerdo que me detuve, di media vuelta y empecé a caminar rumbo a mi casa. No avancé más de cinco metros cuanto regresé, retomé el camino y terminé la rutina de ese día: poco más de ocho kilómetros.

El entrenamiento más largo para este maratón fue una sesión de 30 kilómetros en la Laguna de San Baltazar. La sensación con la que terminé ese entrenamiento sólo se compara con la experiencia que viví en diciembre pasado cuando debuté en el maratón: me sentí fatal, todo me dolía. Todo.

¿Por qué estoy en este momento en un avión rumbo a la línea de salida de un maratón? Porque así lo decidí y el reto es enorme. Porque me gusta la disciplina que envuelve el ambiente del corredor, porque al final del día, sin una meta bien definida, es imposible lograr los resultados.

¿Por qué me hago esta pregunta a menos de 48 horas de arrancar el maratón? Porque hoy tengo que ratificar que sin un toque de locura es imposible llegar a la meta en cualquiera que sea nuestro caso: el deporte el trabajo o la vida misma.