Los Ángeles, el maratón más beisbolero de todos

I

Todo apuntaba a que el final del maratón de Venecia, cinco meses atrás, se repetiría y no habría energía que me alcanzara para acelerar los últimos kilómetros del recorrido de Los Ángeles. El final fue otro.

Aún está en la memoria el recorrido en tierras italianas en las que sentí que volaba y donde sólo esperaba la marca de los 30 kilómetros para empezar a correr más rápido y registrar un tiempo de esos que nunca se olvidan. Nada más lejos de la realidad, me quedé sin gas y tuve que parar varias veces antes de cruzar la meta.

Y aún lo recuerdo con claridad, quizá más por lo pronto que me inscribí a otro maratón que por la sensación de pasar por los kilómetro 20, 25, 30 y pensar que 42.195 kilómetros serían pocos en comparación a lo fuerte que me sentía.

Todo comenzó en Dodger Stadium, uno de los tres estadios del beisbol de Grandes Ligas más longevos y bellos de este deporte. Esta es una de las dos razones por las que en algún momento tenía que correr aquí.

La antesala de este maratón la vivimos en las gradas del estadio que lucía ya los logos del Clásico Mundial de beisbol que comenzaría al día siguiente con la Semifinal entre las novenas de Holanda y Puerto Rico. Como siempre, Vero a mi lado y esta vez, la veía más fuerte que nunca.

Mi amigo Rolando fue la novedad esa mañana y el responsable de que estuviéramos a minutos de iniciar nuestro segundo maratón en menos de seis meses. Él fue la segunda razón para participar en la carrera.

Rolando se atrevió a inscribirse en diciembre a lo que sería su primera carrera de este tipo e invitarnos para que lo acompañáramos. Su osadía para cubrir el kilometraje de esta competencia fue un ingrediente adicional que sirvió, al mismo tiempo, como motivación y estrés.

Nos conocimos cuando teníamos 11 años y el beisbol fue el punto de encuentro. Representamos al equipo del Colegio Larrea primero y luego al de la Liga Lomalinda en Hermosillo, Sonora.

Defendimos también en varias ocasiones la casaca del estado en torneos nacionales en diferentes partes del País; él fue seleccionado nacional varias veces y lo más cerca que logré acompañarlo en esos niveles fue cuando nos convocaron a los entrenamientos de la Preselección Nacional de beisbol en la Ciudad de México, en los 90.

Estudiamos la high school en Arizona, donde llegamos para estudiar y jugar beisbol. Ambos, con el sueño de jugar algún día en la pelota profesional estadounidense.

Rolando decidió correr un maratón y empezar a entrenar cuatro meses antes del disparo de salida. Esos escasos meses para preparar un maratón por primera vez puede convertir una iniciativa de disciplina y trabajo en una locura. El final fue otro.

II

Nada mejor que llegar por lo menos una hora antes al evento para tener tiempo de calentar, ir al baño, dejar tus cosas en el guardarropa y entrar sin presiones al corral que te corresponde. Estar con el tiempo encima no trae nada bueno y lo sabemos.

Así lo hicimos e ingresamos al corral C Vero y yo, media hora antes a la salida. Antes, Rolando vivió la primera experiencia propia de corredores cuando debió entrar al baño portátil que usualmente se utilizan en estas carreras. Le costó trabajo animarse al no estar acostumbrado, pero lo hizo antes de dirigirse a otra sección de salida.

La altimetría en Los Ángeles puede resultar engañosa y parecer amable por las bajadas que tiene; la primera de ellas es al salir del estadio. Sin embargo, cuenta con cinco o seis  pendientes que literalmente hay que escalar e implican un esfuerzo adicional.

Con rampas favorables o no, había que correr 42 kilómetros de cualquier forma.

Los objetivos para Vero y para mí, establecidos para esta carrera primaveral y platicados con el coach César Simoni, eran “disfrutar la carrera”, es decir, correr a un ritmo más amable que en el maratón de Venecia.

El esfuerzo importante del 2017 será, también establecido con César, en septiembre próximo, quizá en condiciones más favorables.

III

Salir del estadio es literalmente un golpe de adrenalina que se une con una inclinación hacia abajo que obliga a los corredores a acelerar el paso y algunos hasta trabajo les cuestó controlar la velocidad. Traté de controlarme y no salir de lo planeado.

Para este maratón hice un ajuste en el reloj y decidí llevar el ritmo promedio de la carrera y no el ritmo actual, lo que puede resultar inexacto si en un momento se corre más rápido o lento. De cualquier forma esa fue la decisión.

Corrí con Vero hasta cerca del kilómetro 5 a buen ritmo hasta que ella prefirió bajar la intensidad. Seguí con promedio de 5:35 minutos por kilómetro, algo muy parecido a los 5:40 que estaban en el plan.

Pasé los primeros 10k en 56 minutos, un paso rápido; el segundo 10k traté de seguir igual y lo crucé en 55:28, clara señal de que debía bajar el ritmo, pero ¿para qué?, pensé, si voy bien. Del kilómetro 20 al 30 registré 56:13 minutos, nada mal aunque lo complicado estaba por venir.

El maratón de Los Ángeles está planeado para llevar a los corredores a lugares emblemáticos, como el famoso bulevar Sunset, encontrarte de frente a lo alto con la Montaña Lee, donde se encuentra el gran letrero de “Hollywood”; China Town, el Paseo de la fama en Hollywood, Rodeo Drive, entre otros, para finalmente llegar a la playa de Santa Mónica.

El teatro Dolby, sede de la entrega de los Oscar, fue un punto que recuerdo porque justo ahí debíamos dar vuelta a la izquierda y empezar una bajada que nos llevaría muy cerca de la marca del medio maratón.En total participaron poco más de 24 mil corredores para convertirse en la cuarta carrera más grande de este tipo en los Estados Unidos.

La sensación de fortaleza que se vive en un maratón es un arma peligrosa que será tu gran enemigo si no sabes lidiar con ella. O te lleva directamente a la meta o bien, a la cita precisa y dramática con el famoso muro que todos quieren evadir. Eso sí, a cualquiera de las dos llegarás muy rápido.

El agotamiento se presentó cerca de las 3 horas y media de carrera, por ahí del kilómetro 37. Sentía calor, sed y que los pies se me iban a salir de los tenis. Por primera vez en siete maratones experimenté la sensación de que corría con zapatos que no eran míos, que eran por lo menos un número más chico de lo que necesitaba.

Hice una pausa, me comí la última bolsita de miel que me quedaba y me lancé a correr otra vez. La miel, el agua que me eché en la cabeza o todo el entrenamiento que traía por meses me hicieron recuperar el paso y empezar a correr como lo hice cuando iba por las calles de Hollywood.

IV

Con 30 ó 40 minutos por delante aproveché cada distracción y palabra de aliento que los locales me daban. Mi playera con dos enormes letreros de México, uno en la espalda y otro en la parte frontal, sacaron gritos de los asistentes en señal de apoyo.

Cuando más mal me sentí pensaba en cómo le estaría yendo a Rolando. Sabía que terminaría el maratón, quizá en los límites de tiempo establecidos por los organizadores, pero confiaba en que él cruzaría la meta. Aunque por las condiciones del clima y de la carrera, también imaginé que la estaría pasando mal.

De Vero no me preocupé. Tiene una capacidad para hacer bien lo que se propone, además de una resistencia física impresionante. Intenté correr más rápido para que no me rebasara. Llegó a la meta cinco minutos después que yo para registrar su mejor marca, la cual había registrado en Venecia.

La recta final en Santa Mónica parecía interminable. La meta se veía confusa a más de 600 metros. Decidí bajar la cabeza y seguir corriendo. Ya llegarían el arco y los sensores que indican el final de la carrera.

Terminé en 4 horas con 4 minutos. Mi tercer mejor marca y tres minutos menos que en Venecia.

No fue el mejor tiempo, pero fue la llegada a una meta de maratón más emotiva que recuerde. Vencí al cansancio, a mi cuerpo y a mi mente. Esa mente que en las tres millas finales me hizo pensar que sería el último maratón que correría, que habría otros claro, pero en los que sólo acompañaría a Vero. Ya no más, sentencié.

Crucé la meta, fui a tomar agua, a comer algo de lo que ofrecían los voluntarios, a tomarme fotos en cada estación que encontraba. Grité, festejé, volví a gritar. César debe estar satisfecho.

Regresé como siempre a la línea e salida y Vero ya venía con su medalla. Nos abrazamos. 

V

Era tiempo de recuperarnos, ir al guardarropa y prender el celular. Debíamos investigar cómo y dónde iba Rolando. La aplicación de maratón funcionó muy bien y descubrimos que venía con paso constante, seguro y cerca de la meta.

Pese a las dudas que existían previo a la carrera, Rolando se convirtió en maratonista y en uno de los 18 mil 893 corredores que cruzaron la meta ese día. A su llegada lo vi bien. Incluso lo noté relajado y sin cansancio evidente.

Hay pocas cosas tan placenteras como cenar un pedazo de carne combinado con un buen vino tras correr un maratón. Sin embargo este maratón se empezó a festejar desde nuestra llegada con convivios y atenciones de Rolando y los suyos.

Fue un fin de semana de cenas de parejas, con hijos, de juegos de beisbol infantil, colegial, que rematamos en las gradas de Dodger Stadium para ver el mundial de beisbol.

Lo que empezó con una aparente ocurrencia de Rolando se convirtió en un fin de semana familiar, de recuerdos y de planes que terminarán donde nosotros decidamos, lo mismo puede ser en las calles de alguna otra ciudad para correr un maratón o bien, en un campo de beisbol.