Buenos Aires y sus 42 recompensas

El curioso

El taxista no daba crédito. Incrédulo, preguntaba una y otra vez: ¿por qué corren?, ¿para qué correr 42 kilómetros?, ¿cómo, vienen desde México para correr 42 kilómetros? No comprendía el hecho de que estuviéramos en Buenos Aires y acabáramos de finalizar el maratón. Trataba de explicarse a sí mismo: ¿qué no pueden correr en México?

Al final cede, se resigna y atina a decir sin estar del todo conforme con su conclusión: “Bueno, si en verdad les da placer correr… está bien”.

Casi tres horas después de cruzar la meta del maratón de Buenos Aires, por fin conseguimos un taxi. Y fue gracias a que este joven siguió de frente al ver que dos personas se peleaban el auto en una esquina. Más tarde el conductor nos explica que como había conflicto por definir quién sería el pasajero, prefirió seguir de frente. Tuvimos suerte.

Un domingo de fin de semana largo en la ciudad bonaerense es buena fecha para organizar un maratón; quizá no lo es tanto para los corredores extranjeros que pretenden tomar el asfalto y cruzar la ciudad en una carrera de 42 kilómetros. Trasladarse del centro de la ciudad a la línea de salida toma más tiempo del previsto. Lo mismo para regresar al hotel.

Con sus no más de 35 años y cabeza a rape, el taxista no deja de preguntar: ¿cuánto tiempo necesitas para correr la distancia?, ¿a qué hora entrenan?, ¿cuándo trabajan?

A correr

Son las 7:15 de la mañana y faltan 15 minutos para el escopetazo inicial. Acabamos de bajar del auto que nos transportó desde el hotel y estamos justo en la marca del kilómetro tres. Imposible llegar al punto de salida por otro medio que no sea caminando… o corriendo. Elegimos la segunda opción.

Cena y tango. Para celebrar el maratón.

Escoger y llevar de la manera más disciplinada posible un programa de entrenamiento para correr un maratón y llegar tarde el día de la carrera, nunca. Aunque al final del día el reloj indique que corrimos más de 45 kilómetros.

Cinco minutos después del disparo, estábamos ya en fila para tomar la salida. Con el inconveniente de esa mañana se fueron tres momentos importantes que siempre he valorado en cada uno de mis cinco maratones anteriores: experimentar los 10 minutos de reflexión que invariablemente se viven en el corral de un maratón, el estiramiento e ir al baño.

La reflexión se resolvió a lo largo de las 4 horas y 25 minutos que me tardé en el recorrido, oriné en el camino, me aguanté las ganas de detenerme para ir al baño y calenté con el trote.

A viajar, a trotar

Después de la sensación y angustia que se siente cuando vas tarde a una cita, prendí el cronómetro y arranqué el trayecto de mi sexto maratón. Vero y Favián iban a mi lado. Estábamos ya en camino para el mejor paseo turístico que se puede hacer en una ciudad, a trote.

Rosada
La casa Rosada, sede el gobierno argentino.

Los primeros kilómetros fueron los más difíciles, empecé con un dolor en el empeine y con ganas de ir al baño. El dolor no cedía y empezaba a dudar si podría cumplir con el recorrido. Después de una parada técnica entre el kilómetro seis y siete, el dolor del pie disminuyó y sin darme cuenta, desapareció.

Las primeras joyas del recorrido del maratón se presentaron en la Avenida Libertador, desde donde se aprecia la Flor Inteligente (una de las referencias de la ciudad), ubicada en la Plaza de la Naciones Unidas y la Facultad de Derecho, ambos en el barrio de Recoleta.

Los kilómetros 8 y 9 llegaron en la Avenida 9 de julio, la emblemática de la ciudad, pues se encuentran el Obelisco y el Teatro Colón. En ese trayecto, Magui, a quien habíamos dejado en el kilómetro tres, estaba lista para grabar nuestros pasos.

Rumbo a la marca del kilómetro 11 llegamos a la Casa Rosada, sede del gobierno argentino. Justo en ese momento mi estómago empezó a dar problemas y por primera vez en un maratón pensé que tendría que detenerme y buscar un baño.

Al fondo, el teatro Colón.
Al fondo, el teatro Colón.

Pasé la marca del 12k y ahí se quedaron los avisos estomacales. Nos dirigíamos al barrio de Boca, quizá el más pobres de la ciudad y en el que se encuentran el estadio de futbol de Boca Juniors -uno de los equipos más ganadores y tradicionales de la ciudad- y el pasaje Caminito, un pintoresco lugar con gran valor turístico.

Las calles angostas del barrio de Boca nos llevaron por los kilómetros 16, 17 y 18 y nos enfilábamos hacia Puerto Madero, una zona que contrasta con Boca por los grandes y modernos edificios a la orilla del Río de la Plata.

En estos kilómetros me sentí muy bien y algo desesperado por el ritmo lento que llevaba. Sentí que podía ir más rápido pero no quería acelerar hasta cruzar la marca del medio maratón. Sé lo que se siente que se te acabé la energía en un maratón y no quería experimentarlo nuevamente. Favián, Vero y yo íbamos casi juntos.

La llegada a Puerto Madero marcó la marca de los 21 kilómetros. Para ese entonces miré mi reloj y quise llorar. Más tiempo del que tenía presupuestado.

Del kilómetro 22 al 25, aproximadamente, corrimos frente al museo Ernesto de la Cárcova y de los parques Micaela Bastida y Mujeres argentinas, todo esto del lado izquierdo, mientras que a mi derecha pasaba la reserva ecológica Costanera Sur, con un par de lagos.

Messi
Puro crack.

En esa gran recta me llamó la atención (después me enteré cómo se llama) el Paseo de la Gloria, donde se encuentran las estatuas de los deportistas más importantes de Argentina, como los tenistas, Guillermo Vilas y Gabriela Sabatini, el basquetbolista Manu Ginobili, el piloto Juan Manuel Fangio, la jugadora de hockey sobre pasto Luciana Aymar, entre otros. Dicen que próximamente estarán Messi y Maradona (la estatua de Messi fue inaugurada el 28 de junio de 2015). Curioso ver a atletas de disciplinas no tan comerciales como el futbol.

Empieza la carrera

También llamó mi atención la cantidad de gente que se quedó entre los kilómetros 21 y 22. Muchos con calambres y dolores musculares. También claro, debo señalar que salimos entre los últimos corredores, quizá algunos no tenían la preparación necesaria para el maratón.

En el kilómetro 31 dejamos Puerto Madero y faltaban poco más de 11 kilómetros, Vero se quedó atrás y Favián venía a pocos metros detrás de mí. Muy cerca.

Asado
¿El paraíso? El tradicional asado argentino.

A esta altura de la carrera ya había acelerado el paso y me sentía muy bien, con fuerzas suficientes para cerrar en el último trayecto. El primer 10k del maratón lo crucé en 1:02; el segundo en 1:01, el tercero en 1:01 y del kilómetro 30 al 40 registré mi mejor parcial con 58:43. Prueba inequívoca del trabajo previo.

El último tramo del maratón fue por la zona portuaria, muy cerca del aeropuerto Jorge Newbery, uno de los dos que tiene Buenos Aires.

Cerca del kilómetro 36 Favián me alcanzó y compartimos el resto de provisiones que llevábamos. Fue el primer maratón de él y hasta ese momento llevaba buen paso. Fuimos juntos los últimos kilómetros y la energía nos alcanzó para cruzar la meta casi al mismo tiempo.

Vero finalizó 10 minutos después que nosotros y Magui se graduó como seguidora de maratonistas al ubicarnos hasta en cuatro ocasiones durante el recorrido, incluidas la salida y la meta. Nada fácil.

tres

Para el curioso

Cada persona puede definir cuáles son sus placeres y trabajar en ellos y vivirlos y contarlos. Hay quienes ya los definimos y tenemos ventaja. Correr duele. Correr te lleva a las grandes ligas. Viajar reconforta. Viajar. La combinación de ambas, lo mejor.

El entrenamiento, sea en la mañana o en la tarde, las limitaciones alimenticias que debes tener para correr un maratón y la disciplina con tus horas de sueño, son la parte complicada de este deporte, pero cada kilómetro que recorres en un maratón y te sientes bien, se convierten en 42 recompensas que tienes cuando practicas este deporte.