La mujer maravilla y la magia de la ciudad de Nueva York

I

Finalmente llegó el día para correr el maratón de Nueva York.

La carrera que recibe a más de 50 mil corredores de 130 países y a la que debes registrarte nueve meses antes al día del disparo de salida; la competencia a la que seguramente no saldrás sorteado para correr y que debas apartar tu lugar a través de una agencia de viaje; la prueba a la que debes levantarte a las 5 de la mañana para empezar a correr cinco horas y media después; el evento al que te organizas para viajar y que no es garantía que se realice.

En el TCS New York City Marathon puedes encontrarte historias como la de un corredor que pierde su argolla matrimonial en los alrededores de Central Park, moviliza a través de redes sociales a varios de los 10 mil voluntarios participantes y encontrar el anillo horas después. Esa es parte de la magia de Nueva York que a veces se vuelve milagrosa. El maratón que sorprende a los participantes.

Se suponía que este año no correría en esta ciudad, no estaba en los planes y llegué a pensar que ni siquiera me interesaba correrla después de la cancelación que viví hace dos años. En 2014 estaría en Big Sur y en Chicago, dos maratones en el año. ¿Qué más podía pedir?

Para ser claros: Nueva York no estaba en la agenda. Simplemente la inscripción al sorteo del maratón que hice no me acuerdo cuándo ni porqué, me favoreció y gané mi número a la carrera neoyorquina. Cuando leí el mensaje de aceptación, que vi 12 horas después de recibirlo y que saqué del basurero de mi correo, me di cuenta que sí me interesaba correr el maratón de esa ciudad y que Chicago y cualquier otro maratón del planeta podían esperar. No le puedes decir que no al maratón de Nueva York.

II

El maratónico recorrido para llegar a la línea de salida empezó a las 5 de la mañana: caminar a la estación de metro que nos llevaría al ferry para posteriormente desembarcar en Saten Island; tomar el camión para un recorrido de 15 minutos y caminar al parque en el que esperaríamos cerca de tres horas antes de disparo de salida, en mi caso, para la segunda ola de la carrera.

En esta ocasión hubo un  ingrediente extra: un fuerte viento que sopló esa mañana provocó que la sensación térmica bajara casi cinco grados y que tuviéramos que esperar la hora del escopetazo a una temperatura cercana a los 0 grados centígrados; los ráfagas de 40 kilómetros por hora hicieron que la competencia en silla de ruedas se recortara de 26.2 a 23.2 millas.

El tiempo de espera lo aprovechamos bien. Vero consiguió dos cajas de cartón que nos sirvieron para sentarnos en una de ellas y con la otro hicimos una pared que nos resguardó un par de horas. En ese tiempo, Vero se maquilló para completar su disfraz de catrina. Su cara pasó a segundo plano y en las calles, mientras corría, los neoyorquinos la bautizaron como “Lady flowers”. Si los espectadores hubieran sabido que apenas dos semanas atrás corrió el maratón de Chicago, el sobrenombre de Vero habría sido el de “Mujer maravilla”.

III

Cuando llegas a Staten Island para tomar la salida, se sugiere vestir ropa térmica, guantes, gorro, alguna sudadera o chamarra (o ambas), pants y cualquier otro accesorio para calentar el cuerpo. Toda la ropa se quedará en el camino y será indumentaria que se donarán a gente necesitada. Este año se recolectaron 26 toneladas de prendas.

El inicio de este maratón es espectacular. Empieza en el puente Verrazano para llegar a Brooklyn, el segundo de los cinco vecindarios que se recorren en la ruta de 42.195 kilómetros. Nos tocó cruzar el puente por el segundo piso y ahí empezó la batalla contra los kilómetros y el invitado especial de ese día, el viento.

Al ser para Vero su segundo maratón en días y para mí el primero después de un receso en los entrenamientos, el reto era llegar a la meta y dejar cualquier marca personal para otra momento. Por ello, nuevamente, llevé mi celular para tomar fotos y mi cámara de video para grabar algunos aspectos de la carrera. La pila de la cámara no aguantó el maratón y murió justo al cruzar la marca de 21 kilómetros. Corrí toda la ruta con cámara en mano.

Nos acompañamos Vero y yo los primeros 12 kilómetros y después la perdí. Ella bajó el ritmo para guardar energía y yo seguí a mi ritmo. A paso seguro.

Es difícil ubicar un tramo del recorrido donde no encuentres gente que grite para apoyar o brinde un sonoro aplauso a quienes invaden las calles de la ciudad. Brooklyn es uno de los vecindarios con mayor diversidad de culturas, se pueden ver negocios casi de cualquier parte del mundo y hay varias calles en las que el asfalto desaparece por la cantidad de corredores y gente que quiere ser parte del maratón. Se estima que el maratón reúne a 2 millones de visitantes.

IV

El recorrido te lleva de Brooklyn a Queens, la tercera comunidad y donde el puente Queensboro cobra vida para llevar a los corredores a Manhattan. Cuentan que esa parte del maratón es una de las más complicadas por la constante subida que presenta, en la milla 15 de la competencia. Lo complicado de este trayecto es que debes rebasar a la gente que detiene su paso y empieza a caminar y a otros más que hacen alto total para apartarse del camino y contemplar de frente la isla de Manhattan.

Si bien este tramo tiene su grado de dificultad, salir del puente para tomar la Primera Avenida es uno de los momentos más emotivos de esta carrera, pues cientos de personas eligen esta ubicación para ver a los corredores, por lo que los gritos de apoyo toman su máximo nivel en este punto.

Para mí resultó más complicado correr por la Primera Avenida, una gran recta de 5 millas (ocho kilómetros) con una ligera inclinación hacia arriba, lo que permite ver el mar de corredores a lo lejos que te advierte que te falta muchísimo para cruzar ese tramo de la carrera. Esa sensación de ver lo que deberás recorrer es una trampa para la mente.  Al final de esa avenida está el Bronx, el quinto vecindario.

V

Si cuando estás en el Bronx esperas ver por algún lado el famoso Yankee Stadium, olvídalo, no lo verás. El recorrido por este barrio es de tres kilómetros, del 30 a 33 para después regresar a Manhattan, tomar la Quinta Avenida rumbo a Central Park para las últimas cinco millas, las más duras del maratón.

En esa parte de la ruta los rascacielos oscurecen la ciudad y el frío pega con más fuerza. Ahí empecé a sentir el cansancio, pero lejos de alguna sensación como en las carreras de las Ciudad de México. Iba a terminar este maratón y lo iba a hacer fuerte.

Entré a Central Park y el imaginar que la meta está cerca te invita a acelerar, pero la cantidad de corredores y espectadores complicaron cualquier intento de ir más rápido. En la milla 25, a poco más de mil seiscientos metros de la meta, está quizá el revés más grande que te da la ruta de este maratón: debes salir de Central Park para cruzar el parque a lo ancho por la Calle 59. Tan cerca… y luego te sacan del lugar donde esta la línea final. Sentí que se me acababan las fuerzas.

Crucé la meta en el tiempo que tenía planeado y con la satisfacción de haber conseguido el objetivo que apenas unas semanas antes estaba en entredicho. Caminé a buscar algo que comer. Mientras, saqué el teléfono para tomar algunas fotos y envié un mensaje para avisarle a la porra que había llegado a la meta y que estaba vivo.

Yoli me contestó que Vero estaba a 20 minutos detrás de mí. Decidí esperar a la “Mujer Maravilla” en el camino a la salida y crucé los dedos para poder verla. Este año se registró un récord de maratonistas que terminaron el trayecto, con 50 mil 530 personas. El coincidir con Vero sería algo parecido a un milagro. Después de la carga de kilómetros que Vero traía, no estaba seguro si terminaría este maratón.

Casi a los 20 minutos vi a lo lejos las flores amarillas en la gorra de Vero. “Ladie flowers” cruzó su segunda meta de maratón en unos días y esta vez pude recibirla. Se dio el milagro.

No recuerdo haber abrazado a alguien con tanto gusto como ese día abracé y besé a Vero. La adrenalina de terminar un maratón se fusionó con el orgullo de ver a Vero alcanzar sus objetivos, el último de ellos, con la magia que contagia la ciudad de Nueva York.

 

El Maratón de Nueva York 2014 from lopezneri on Vimeo.

Corro… y ya

Es simple, corro por disciplina.

Disfruto más el régimen al que debo alinearme cada vez que decido correr un maratón, elegir a qué carrera inscribirme, organizar el viaje a la ciudad donde trotaré y al final, contar la historia que viví.

A principios de 2012 decidí que correría ese mismo año el maratón de Nueva York. Me preparé disciplinadamente para cumplir la meta, sin embargo, un desastre natural canceló por primera vez en años el maratón más grande del mundo.

Ese año corrí mi primera competencia de 42.195 kilómetros, pero no fue en el lugar que quería. Al cruzar esa meta llegó la adrenalina y con ella nuevos objetivos: correr más maratones y crear un blog para contar las historias de un beisbolista convertido en corredor.

El 2 de noviembre pasados, dos años, cuatro maratones después y casi por casualidad, corrí Nueva York.

El maratón de Chicago a la lista de espera

El cuerpo cobró factura y Chicago deberá esperar.

Desde la cancelación del maratón de Nueva York en 2012 -que se suponía sería mi primero- la decisión de elegir en qué carreras inscribirme y con cuántos meses de distancia entre ellos, se salió de control al grado que en los últimos 11 meses corrí tres maratones y tuve que renunciar a uno más.

En noviembre 2012 se canceló por primera vez en su historia el maratón de Nueva York; en diciembre de ese año corrí mi primeros 42.195 kilómetros y ante la pobre experiencia, opté por correr cuanto antes otro maratón para sacarme la espina.

En junio de 2013 crucé la meta del maratón de San Diego y seis meses después el reto sería en Monterrey. En el “receso” entre San Diego y Monterrey logré inscribirme a los 42 kilómetros de Big Sur 2014. La calentura de los maratones estaba a tope.

En Monterrey, Nuevo León, bajé por primera las cuatro horas en la distancia, logro que repetiría cuatro meses después en Monterey, California.

Las metas de 2014 eran correr Big Sur y Chicago, sin embargo, el salir en el sorteo del maratón de Nueva York me hizo inmediatamente pensar en ajustar los planes: correr tres maratones en el año, los últimos dos con diferencia de tres semanas.

El ritmo de entrenamiento no bajó, seguí preparándome para llegar en buena forma a Chicago, el 12 de octubre. En el programa estaba correr el medio maratón de la Ciudad de México, en junio, y luego hacer distancia el 31 de agosto en el maratón capitalino.

Agosto fue un mes clave y quizá en el que mi cuerpo se quejó de la carga de entrenamiento. A mediados de ese mes viajé a Sonora para reunirme con mis amigos de la prepa y jugar un partido de beisbol. El cambio de ejercicio y el jugar varios partidos en un mes hicieron que el rendimiento bajara en las carreras y empezara a sentir una severa fatiga.

Tanto el medio como el maratón de la Ciudad de México, ambas rutas que hice como preparación, representaron un verdadero sufrimiento, al grado de pensar por primera vez en abandonar una carrera.

En ambos casos terminé sólo porque el punto de reunión con Vero era en la meta para después irnos al hotel; el cansancio físico y mental eran los principales síntomas. Cuando la cabeza está débil, cualquier pretexto es suficiente para pensar en renunciar.

Durante los 32 kilómetros que corrí el día del maratón, experimenté síntomas de deshidratación y la coca cola que me ofrecieron en el recorrido significó una bomba para el estómago. Aprendí y llegué corriendo a la meta al Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, con mi cámara en mano.

Después de esa carrera en la ciudad de México decidí parar y dejar que el cuerpo se recuperara. Faltaban escasas seis semanas para el maratón de Chicago y me importaba poco si lo corría o no. No estaba bien.

Correr, tomar fotos y grabar video al mismo tiempo

Había corrido algunas competencias de 21 kilómetros con el celular en la mano para tomar fotos del recorrido, especialmente en la Ciudad de México cuando la ruta incluía el Bosque de Chapultepec o la Avenida Reforma; en el medio maratón de Zacatecas también llevé cámara, sin embargo, por primera vez corrí un maratón tanto con el celular (Samsung Galaxy SIII) como con una pequeña cámara de video (Sony Action Cam AS30v).

No encontré algún soporte como para grabar y correr durante casi cuatro horas, por lo que llevé la cámara en la mano cuando la utilicé y a ratos la guardé en mi cinturón.