Sin salud, no hay carrera

Jamás hubiera corrido enfermo… o tan enfermo.

Corro porque me gusta y porque al hacerlo me siento bien. Lo disfruto. Impensable salir al asfalto para cubrir 42 kilómetros con alguna molestia, de cualquier tipo.

Al llegar el viernes a Las Vegas y sentir que no hacía el frío que suele aquejar en esta época del año a esta ciudad, mis esperanzas de correr el domingo aumentaron.

Si bien tenía el visto bueno del médico para el maratón, jamás lo hubiera hecho si no me sintiera físicamente bien.

En la carrera tuve un par, quizá tres, ataques de tos. Nada grave, pero lo suficiente para que los fotógrafos captaran uno de los escasos minutos que corrí con las manos en la boca.

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Crónica de 42.195 kilómetros en el desierto

La victoria
La victoria se alcanzó al cruzar la meta del maratón de Las Vegas.

Las Vegas.- 14:30 horas, listo en el corral 2 para la salida al lado de cerca de 32 mil corredores. Suena la chicharra que avisa a los corredores que el maratón 2012 ha iniciado y empieza la aventura para conseguir la meta de correr un maratón.

De inicio, me siento fuerte y salgo un poco más rápido que el ritmo que tenía programado para correr en Nueva York. Pienso que es buena señal y que una semana con antibióticos poco mermaría mi rendimiento. Qué equivocado estoy.

Los primeros 10 kilómetros nos llevan frente a los grandes hoteles de la ciudad y en el kilómetro 15 es donde siento por primera vez que los 12 días de inactividad por bronquitis, más los antibióticos, sí afectan mi rendimiento. Casi a la hora y media de haber empezado la carrera, mi cuerpo queda prácticamente sin energía. Algo que no tengo contemplado.

Bajo considerablemente el ritmo de la carrera y lo único que me interesa es no dejar de mover las piernas. Tengo mucha sed, a pesar de que el calor no es tan fuerte. Sin embargo, el viento juega en contra, hay ocasiones donde las ráfagas hacen que mis piernas tropiecen con ellas mismas.

Supero los siguientes 15 kilómetros y en el trayecto veo como los grupos de corredores que aspiran a terminar entre 3 horas 50 minutos y 4 horas 20 me rebasan. Mi objetivo es terminar la carrera. Lo mejor de este lapso es cuando, sin esperármelo, Vero sale detrás de mí para saludarme con un “Hola guapo”. Oxígeno puro. Me distrae un buen rato hasta que sus piernas le piden acelerar y me quedo varios minutos detrás de ella. No la vuelvo a ver hasta cruzar la meta.

Mi cronómetro marca 4:37 horas cuando cruzo la meta. Quince minutos antes, el recorrido une a los corredores del medio maratón con los maratonistas, es una fiesta. Un grupo de entre siete y 10 personas visten con un disfraz de dragón, uno detrás del otro sin despegarse más de dos pasos. Veo como me rebasan. No dejo de mover las piernas.

Lo que muchos llaman “la pared” y la cual según aparece en el kilómetro 30, a mí me encontró mucho antes, se subió a mi espalda e hizo que la llevara gran parte de los 42 kilómetros.

¿Qué si disfruto la carrera? Claro, sin duda; aprendo a conocer mi mente y me impongo. El no llegar en mi mejor momento y enfrentar un maratón en las circunstancias que lo hago sólo me deja la satisfacción de alcanzar la meta y abrir un nuevo reto en esta fase de corredor: buscar la revancha en los 42.195 metros.

Listos o no…

Finalmente tomé la salida. El doctor dio luz verde para correr el maratón de Las Vegas el 2 de diciembre y así lo hice. Doce días sin correr -el mayor tiempo desde que empecé a entrenar- y casi una semana con antibióticos, quedaron atrás frente a la adrenalina que genera el estar a la espera del inicio de la carrera.

Después de 4 horas y 35 minutos crucé la meta de mi primer maratón.

Ya en la línea de salida
Por primera vez, tomé la salida en un maratón.